10 de abril de 2011

De las guerras y los hombres

Tilva Ros – RODANDO POR LA COLINA

TILVA ROS (Serbia, 2010; 99m). Escrita, editada y dirigida por Nikola Lezaic. Producción: Uros Tomic, Mina Dukic, Nikola Lezaic. Fotografía: Milos Jacimovic. Reparto: Marko Todorovic, Stefan Djordjevic, Dunja Kovacevic, Marko Milenkovic, Nenad Stanisavljevic. Competencia Internacional.

La guerra en Bosnia provocó durante los años '90 una cantidad enorme de víctimas fatales en países que luego quedaron atomizados, o deshechos. Lo que antes fue una mina (el monte rojo del título) hoy es una pista de skate en la que Marko, Stefan y Dunja, entre otros chicos, además de patinar compiten a ver cuál de ellos es más bizarramente valiente y soporta el dolor más agudo sin cejar en el empeño. Y es tan clara la lectura de esa violencia inútil y estéril (rallarse las rodillas con un rallador, pegarse piñas o palazos con un balde de lata en la cabeza, tirarse desde una altura de cinco metros para ver cómo se queda después... y verse por la MTV) que tras unos treinta minutos de proyección TILVA ROS no habrá de ofrecernos nada nuevo. Y es una pena porque se vuelve aburrida una película tan bien filmada y que arranca de manera notable (la presentación de los personajes, contraponiendo el relato de lo que fue el espacio de esa mina en otros tiempos con la urgencia y la desprolijidad del video y la tersura del fílmico, es de singular impacto estético y temático); sus conflictos girarán en redondo y uno como espectador sabe que no tendrán una resolución inmediata, quizás porque toda esa angustia se pasa al fin de la adolescencia. Y es una pena también que los apuntes políticos del relato respecto de la nueva burguesía se diluyan en algunas banalidades como destrozar un Lada inservible o un Mercedes Benz impecable o que los manifestantes de una huelga poco concurrida enarbolen la bandera de la Unión Europea que pasa en primer plano por la imagen.

Aurora – CÓMPLICES EN LA OSCURIDAD DEL DÍA

AURORA (Alemania/Francia/Rumania/Suiza, 2010; 182m). Escrita y dirigida por Cristi Puiu. Producción: Anca Puiu, Bobby Paunescu. Fotografía: Viorel Sergovici. Montaje: Ioachim Stroe. Reparto: Cristi Puiu, Clara Voda, Valeria Seciu, Luminita Gheorghiu, Catrinel Dumitrescu. Panorama/Trayectorias.

Si el lobo se come a la abuela de Caperucita lo que tendrá en el estómago es una mujer desnuda, porque no es lógico que la abuela de Caperucita esté vestida en el estómago del monstruo. Con esa premisa arranca AURORA, suerte de desmitificación del papel de un asesino y que intenta ofrecer una lectura sobre la negación de la culpa colectiva y la burocracia de la redención individual, con todo lo que ello implica en los países de la Europa Oriental todavía hoy, países en los que pareciera no nacer aún esa aurora del brillante porvenir. Y si bien el director Cristi Puiu no supera la hondura y agudeza de La noche del señor Lazarescu (esa extraordinaria farsa sobre el sistema hospitalario en países económicamente inestables), consigue a partir de la distancia de sus planos secuencia y de un ritmo de endiablada constancia convertir al espectador en cómplice de Viorel; un cómplice deficiente convengamos, pues la máscara de Puiu como protagonista de esta historia jamás develará antes de tiempo los por qué de su accionar ni las intenciones de sus movimientos, y uno por las dudas (y por placer también, por qué no) no se atrevería a preguntar nada antes de que la escopeta no esté del todo calibrada y mucho menos después del primer disparo en la oscuridad del día.

Caterpillar – LA BESTIA HUMANA

CATERPILLAR / KYATAPIRÂ / ORUGA (Japón, 2010; 85m). Dirigida por Kôji Wakamatsu. Producción: Koji Wakamatsu, Noriko Ozaki. Guión: Hisako Kurosawa, Deru Deguchi. Fotografia: Tomohiko Tsuji, Yoshihisa Toda. Montaje: Shuichi Kakesu. Reparto: Shinobu Terajima, Shima Ohnishi, Ken Yoshizawa, Keigo Kasuya, Emi Masuda. Panorama/Trayectorias.

Kyozo Kurokawa vuelve de la guerra chino-japonesa sin brazos ni piernas e impedido de hablar. Su mujer, Shigeko, pasará entonces a ser la esposa de un Dios de la Guerra que ilumina la gloria del imperio japonés, aunque su marido, un todo inútil que solamente come, duerme y fornica, le de tanto pavor como la guerra misma. Pero uno se acostumbra a todo y hasta puede tomarse revancha, la guerra lo justifica: la guerra justifica las violaciones a las que los soldados someten a las mujeres del otro bando, y también que las esposas de los soldados mutilados les enrostren la frustración de no ser más que humanos en el barro. Después se encontrarán los culpables, eso no es tan importante. Triste y bestial, CATERPILLAR se permite contar una historia terrible con una impronta de ternura y hasta de belleza gracias a la precisa puesta en escena de Wakamatsu, por momentos tan lírica como las flores del cerezo, de a ratos amarilla como la prensa triunfalista, pero siempre justificadamente incómoda como una película pornográfica. Para dicha empresa Wakamatsu necesitaba dos actores como Shinobu Terajima y Shima Onishi; la primera como la agónica guerrera de ese destino infausto, y el segundo como esa salvaje mariposa que acabará siendo una oruga incapaz de reptar sobre la tierra.

Un mundo misterioso – UNOS MINUTOS, UN RATO, UN TIEMPO

UN MUNDO MISTERIOSO (Argentina/Alemania/Uruguay, 2011; 107m). Escrita y dirigida por Rodrigo Moreno. Producción: Natacha Cervi, Hernán Musaluppi, Rodrigo Moreno Fotografía: Gustavo Biazzi. Montaje: Martín Mainoli. Reparto: Esteban Bigliardi, Cecilia Rainero, Rosario Bléfari, Leandro Uría, Germán de Silva. Competencia Argentina.

Ana le pide un tiempo a Boris porque la relación ya parece un diario viejo. Cuánto es un tiempo. Un minuto, un día, diez años… Un tiempo. Eso es lo que es. Y es justamente lo que se suspende entre Boris y los días: el tiempo. Todo da lo mismo, que sea lo que sea, besar a otra mujer mecánicamente o comprarse un auto extraído de la memorabilia soviética, viajar en colectivo o a través del Río de la Plata, ir al casino con una desconocida o escuchar a Gardel cantando en francés, comprarse un manual de atletismo o un libro de Truman Capote o Capoche como se pronuncia en portugués, reencontrarse con los compañeros del secundario o fumarse un porro. No hay tiempo cuando uno se toma un tiempo; uno se imagina la muerte pero la muerte está suspendida. Y descubre que el mundo es misterioso y diferente para los otros, para el mecánico de la otra cuadra por ejemplo, un tipo que tiene tiempo y no lo derrocha. Y si bien UN MUNDO MISTERIOSO se mira con tedio nunca ese tedio es gratuito. A medida que avance el relato se irá descubriendo que esos planos largos, fijos, exactos, esconden una emoción que Boris no se permite, o que quizás no le enseñaron a sentir o a vivir, tal vez porque nadie tiene tiempo suficiente para vivir como quiere, como debe, o como puede. Una película destinada a crecer en la memoria, con un festejo de extraordinaria sobriedad a cargo del protagonista excluyente, Esteban Bigliardi, y de un gran actor llamado Germán de Silva.

25 de marzo de 2011

La vida de la gente

Sin sed ni hambre
síntesis de todos los caballos del mundo
mi caballo sin costillas
mi caballo de una sola línea
mi caballo de palo
-qué galope incansable
entre dos matinés-
se perdió con la infancia.

Macunaíma,
Los caballos perdidos

La gente tiene una vida que nosotros desconocemos, que no es la vida que le vemos llevar sino esa que no tiene una traducción en palabras o en imágenes concretas. Es la famosa vida interior, la vida poética de cualquiera. La vida de Jorge, por caso, ese muchacho alto, desgarbado, de anteojos, el de la audición de Cinemateca que enseñaba a ver películas por radio Capital, el que probaba los asientos de todas las salas de Cinemateca a ver cuál andaba flojo, y el que trabajó en Cinemateca desde los veinte años y que ahora que tiene cuarenta y cinco, desde el cierre de Cinemateca, anda como bola sin manija viendo qué hace con su vida. A veces la gente piensa que se queda sin vida mientras sigue viviendo. No hay nada más triste para uno que ver una cuadrilla de obreros desmantelando una sala de cine, y después llorar en el ómnibus sin podérsela aguantar mientras un energúmeno con anteojos negros parece mirarlo sin verlo. Se quedó como un caballo vacío de patas, tan inútil y quieto como un viento mutilado hoy en día. Ese mismo Jorge. Pobre Jorge.
A fuer de sinceros convengamos que el cine es algo tan inútil como el arte en general. Qué es el cine más que un montón de sombras a las que nuestra imaginación febril les encuentra anécdota y movimiento desde el patio de butacas, y que para colmo nos ceba los momentos de ocio con falsas inquietudes volviéndonos improductiva la vigilia. Además, lo único mensurable del cine como arte es su valor de mercado. No cuentan en absoluto lo pedagógico, lo mágico, lo ornamental, la visión del mundo o la sensibilidad de ninguna película. Por eso un museo, o por caso una cinemateca, si no tiene fines de lucro no es necesariamente imprescindible para la vida de nadie. En ese caso la vida de la gente se despacha con eficacia hacia otras cuestiones como respirar, comer, amar, dormir, despertarse, discurrir, reproducirse, alegrarse, entristecerse, morirse. Nada más ni nada menos. Soñar es parte del sueño, lo que implica que recordar lo soñado no alterará el rumbo de la vida porque nada en esos sueños remite a una realidad tangible, son apenas su deformación. Como recordar la vida con música de fondo, o si encontramos una escalera, bajarla bailando como algún bailarín que vimos en algún sitio, por ahí, y que solamente nosotros recordamos.
Probablemente ese sea el principal escollo para llevar una vida pragmática y ordenada: el recuerdo. Tanto embellecemos la memoria que a veces una película se escapa de la pantalla para transformarse en la columna vertebral de nuestras sensaciones. Y así es como la vida de la gente comienza a parecerse tanto a nuestra propia vida, y dejamos de reconocernos porque no hace falta, porque somos todos iguales. Y lo que resulta aún peor para el pragmatismo derrotado es descubrir que la gente es igual a nosotros, a cualquiera de nosotros, a uno mismo, en cualquier sitio del planeta. En algún momento del galope todos los caballos tienen los cascos en el aire como pegasos con las alas desplegadas, y las películas tienen la endemoniada habilidad de forjar no ya nuestros sueños sino mis propios recuerdos, porque el cine nos permite yuxtaponer todas nuestras realidades. En cualquier sitio del planeta vibran los vidrios del ómnibus y se baten las puertas hasta quedarse quietas y sin reflejarnos y se nos empañan los lentes con el calor de los ojos y se nos antoja que podríamos discutir el criterio de verdad en el aula magna de la facultad de derecho. Y en cualquier rincón podríamos volver a sonreír con una sonrisa parecida a la felicidad si nos aceptan la invitación a ir al cine a ver una película en blanco y negro. ¿Ustedes se acuerdan si sueñan en colores? Eso no importa tanto como achicar la distancia entre la infancia y la vida útil, la lejanía entre la inmensidad del deseo y nuestro pequeño lugar en el mundo. En Andes y 18 de Julio, por ejemplo, mientras me como una hamburguesa rumbo a un sitio que se parece a mi casa aunque esté en Montevideo.

LA VIDA ÚTIL (Uruguay, 2010; 63m), dirigida por Federico Veiroj. Guión de Inés Bortagaray, Gonzalo Delgado, Arauco Hernández y Federico Veiroj. Producción Ejecutiva: Federico Veiroj. Producción: Laura Gutman, Juan José López. Fotografía: Arauco Hernández. Arte: Emilia Carlevaro. Sonido: Daniel Yafalián, Raúl Locatelli. Música: Leo Masliah y Macunaíma, Eduardo Fabini. Intérpretes: Jorge Jellinek, Manuel Martínez Carril, Paola Venditto. En Competencia / Selección Oficial Internacional del 13 BAFICI. Jueves 7 a las 19.45 y sábado 9 de abril a las 17.30 en el Hoyts Abasto; lunes 11 de abril a las 18.15 en el Atlas Santa Fe 1.

12 de febrero de 2011

De gente que corre al olvido


(…) y actuamos a pesar de todo –lloraría, nadie
lo sospecharía, pero lloraría y lloro a veces,
pero discretamente, lentamente y con desenvoltura,
como lo hice, sin ir más lejos hace cinco minutos, sin que nadie me vea
lloro bajo mi maquillaje y mi disfraz,
sin ruidos importunos, (…)
Jean-Luc Lagarce, Music-Hall (traducción de Marilú Marini y Rodolfo de Souza)

La chica (que siempre es la misma) y sus dos boys (que aunque distintos son los mismos de siempre) están acostumbrados a cambiar la rutina si el escenario que les toca es estrecho y por eso el contacto con el público asfixiante. La chica entra generalmente por el fondo del escenario pero otras veces es posible que deba entrar por el costado y trazar un semicírculo, así, para ubicarse en el centro. Los boys habrán de seguirla, el primero a la derecha y el segundo a la izquierda, así, siempre lo mismo, año tras año, pueblo tras pueblo, hasta que ni siquiera haya cuencos vacíos en la cabeza de esa gente, hasta que el público sea nadie, la miserable oscuridad sin recuerdos ni remordimientos. Sin historia. Porque estos espectáculos de music-hall, esas revistas hoy pasadas de moda y que forjaron la gloria de ciertos artistas, ya entonces, ya ahora, nunca tuvieron historia. Bastaba una sonrisa y unas cuantas palabras cantadas o apenas entonadas para que el público, cruel el público, se adueñara de ellos y les impidiera vivir. Ese mismo music-hall que condenó también a la repetición perpetua a ciertos artistas y les impidió vivir una vida que los condujera naturalmente a la muerte, siempre bellos, siempre jóvenes, siempre imágenes, siempre dicha, siempre vivos, artistas de varieté condenados al olvido después de que los hubiese consumido el fuego sagrado del escenario como a un taburete de madera de dos o tres patas, siempre inflamable, siempre apasionado.
Ne me dis pas que tu m’adores
Mais pense à moi de temps en temps
Y así, otra vez, como siempre, sin final, las palabras de Lagarce logran alejarse de la literatura para transformarse en sortilegio. La puesta que Diego Arbelo burila para esta versión de MUSIC-HALL se aprovecha del espacio de la Sala 2 del Teatro Circular de Montevideo no para convertirlo en escenario de provincias sino para engarzarlo en él como un despojado, mínimo, olvidado rincón de la memoria donde esos personajes sin entidad siquiera de arquetipos luchan por ser parte de un recuerdo, no importa si individual o colectivo, una estampa en tu memoria, la que te incluye. Y como aquí la luz los enfoca, los barre y hasta los borra, ellos deberán valerse de la palabra, del sortilegio, para que el público permanezca sentado y los adore como debe suceder en estos ritos de sinuosos senderos. Gustavo Suárez y Fernando Vannet son los boys, y la chica una actriz llamada Bettina Mondino que pareciera haber hecho un pacto de gracia, sobre todo cuando en un falso final que no tiene nada de anticlimático canta con una voz cristalina
Ne me fais pas de longs poemes,
Ne parle pas de tes émois,
Pour me prouver combien tu m’aimes,
De temps en temps, embrasse moi

y nos hace creer que los artistas son eternos.

MUSIC-HALL, de Jean-Luc Lagarce (con traducción de Marilú Marini y Rodolfo de Souza). Dirigida por Diego Arbelo. Producida por Diego Arbelo y Sergio Miranda. Ambientación Escénica e Iluminación: Claudia Sánchez. Vestuario: Cecilia Carriquiry. Preparación Musical: Fernando Ulivi. Coreografía: Rodrigo Garmendia. Intérpretes: Bettina Mondino, Gustavo Suárez, Fernando Vannet. Viernes y Sábados a las 23.30. Teatro Circular de Montevideo, Rondeau 1388. 2901 59 52.

Ojos hundidos que aprenden a ver


"In-yer-face produce el choque en el público por el extremismo de su lenguaje y de sus imágenes, y lo perturba con su franqueza y los agudos cuestionamientos a las normas morales. Aunque resume el espíritu de su época, también lo critica. Las obras de In-yer-face no buscan mostrar eventos y que se especule con ellos; es una experiencia que requiere espectadores que sientan las emociones extremas presentadas en el escenario."
Acerca de In-yer-face (En tu cara), el movimiento de jóvenes autores británicos al cual adhiere David Harrower, autor de BLACKBIRD / http://www.inyerface-theatre.com/

La acción en un espacio amplio de aparente asepsia pero repleto de desperdicios, como si fuera un depósito a la vez utilizado como comedor y basurero. Paredes sólidas de hormigón, ventanas con vidrios opacos o esmerilados tras los que se adivinan sombras pero no se distingue gente. La luz es cruda, o mejor dicho fría, quieta, imperturbable; de repente se corta y se encienden dos carteles rojos que indican la salida del lugar, aunque Una se queda allí, sentada, mirando sin mirar hacia ningún ángulo del salón, en silencio. Arde el silencio en la piel como una llaga. Y ese silencio dura demasiado tiempo, o no tanto; no es lo mismo el tiempo de ese reloj omnipresente en la pared (tan frío e impersonal como todo allí, a medio hacer o a medio descartar o en mitad de la escapada) que el tiempo que para Una es una piedra. Ray (o Peter, como dice llamarse ahora) no vuelve, y después sabremos que antes tampoco lo hizo, antes, cuando Una era una nena de doce años y Ray un vecino que pasaba los cuarenta y la dejó sola, llena de un amor viciado en el cuarto de un hotelucho con la consigna de decir que él era su padre si alguien se lo preguntaba. Y la luz no vuelve, y uno acostumbra el ojo a las sombras y no puede imaginarse si Una tiene los ojos bañados en lágrimas o a esta altura secos. Y vuelve la luz, y vuelve Ray (o Peter, como dice llamarse ahora), pero en el pasillo no se adivina la presencia de nadie. El pasillo quedó a oscuras. Quizás nadie más pase por allí hasta que ellos salgan, porque uno sale alguna vez de cualquier parte; o sí, quizás pase algo, quizás se instale una certeza, quizás haya que dejar que la vida sea nada más que dudas.
BLACKBIRD no es una obra que diga verdades o denuncie el estado de las cosas en las sociedades desarrolladas. Se preocupa en encontrar razones en los intersticios de lo que se dice para darle profundidad a los caracteres, para que entre esos balbuceos que giran el concepto y lo derivan o lo ocultan el espectador no comprenda ni comparta, solamente infiera qué de todo eso puede ser tranquilizador, aunque la tranquilidad esté muy lejos de ganar a los personajes. Y es en esta falta de complacencia donde la pieza destaca su agudeza: sería complaciente encontrar el culpable y castigarlo a lo largo de la trama, pero en este diálogo lleno de monólogos el vecino abusador ya fue juzgado antes y la niña abusada ya cargó con el estigma durante muchos años. Otros son los motivos, esos que no se dicen, esos que conviene ocultar porque si no seríamos mal mirados, esos que nos hacen falibles y nos hacen personas aunque a nadie le guste. Y todo eso, lo que se encuentra en el territorio yermo del silencio, es de lo que se vale la directora Margarita Musto para que la obra desaparezca y su juicio de valor hacia la situación planteada, al igual que el nuestro, no tenga cabida en ese sitio. Levón y Jimena Pérez pareciera que tampoco están allí, por eso Una y Ray/Peter cobran vida. Esto, además de ser un elogio, no es otra cosa más que saber utilizar las herramientas con pericia; es más sencillo dar golpes que cincelar muescas. Y las muescas, más que cicatrices, son marcas que construyen el sentido.

BLACKBIRD, de David Harrower, con traducción de Margarita Musto y Homero González Torterolo. Dirigida por Margarita Musto. Escenografía: Beatriz Arteaga. Iluminación: Martín Blanchet. Vestuario, asistencia de dirección y traspunte: Diego Aguirregaray. Intérpretes: Levón, Jimena Pérez. Jueves, Viernes y Sábados a las 21.30, Domingos a las 20. Teatro Solís de Montevideo, sala Zavala Muniz.

11 de febrero de 2011

Cómo volar sobre el mundo


No hay entonces una denuncia sino, más que nada, una sonrisa y una caricia y quizás un gesto burlón a todo lo que uno encuentra detrás de cada esquina. (...) Espero lograr hacer que llueva en sus ojos.
Daniele Finzi Pasca

Cuántas veces uno tuvo ganas de escaparse, de salir volando. Literalmente. Salir volando. Con o sin alas, a como fuese, así sea haciéndole un piquete de ojos a una monja gorda, empaquetándola en un saco con el que uno puede robarse hasta una biblioteca, y aguardando que el ejército y la policía perforen la pared para soltar a la monja y escabullirse por sobre sus cabezas, libre uno por fin al viento. Es que a veces la naturaleza tiene una mente muy cerrada y es preferible manipular flores sintéticas porque las flores sintéticas ni siquiera se preocupan si uno las quiere correr de sitio. Las flores naturales sí. Y si hay que luchar contra la naturaleza habrá que ponerse a batir los brazos cinco horas diarias, o más tiempo, el que sea necesario para despegarse del suelo; es una tarea muy ardua porque no tenemos instinto para levantar vuelo, las gallinas tienen instinto para volar pero se asustan y no vuelan más que hasta ahí. Y lo que nos asemeja a las gallinas es que tal vez las gallinas no le tengan miedo al vuelo sino al aterrizaje. Ese tal vez sea el miedo más inclemente que nos limita los sueños: no saber cómo aterrizar. ¿Aterrizar significa que nos vamos a morir? Tal vez, o aterrizar quizás nos haga comprender que estrellarse contra el piso es una posibilidad cierta y que no necesariamente implique la muerte; tal vez un dolor profundo, que, como todo, después se pasa. Pero para que el dolor se pase uno tiene que estar acompañado, o debe establecer que en algún sitio habremos de encontrarnos. No importa con quién. En soledad todo compañero es un mundo, el mundo, y en ese sitio existimos aún después que nos sorprenda la muerte.
Daniele Finzi Pasca, clown, dice que prefiere ese costado trágico que la risa enmascara, como los viejos maestros del cine mudo. En Ícaro, este espectáculo que hace veinte años ofrece de manera trashumante volando de nido en nido, el cuerpo de Daniele, ingrávido como el de un pájaro, evita el lugar común de la muerte con el objeto de acariciar la vida, porque pareciera que para él la vida no hay que tomarla a manos llenas sino dejarla en su sitio y recorrerla una y otra vez con la palma abierta. Espectáculo que Daniele escribió en prisión, (por ser objetor de conciencia al servicio militar de su país, Suiza) tiene la peculiaridad de estar creado para un solo espectador que a la vez es interlocutor y coprotagonista. Pero anoche Matías, el espectador que Daniele eligió en el patio de butacas para acompañarlo por ser flaco y así poder cargarlo a upa cuando la historia lo requiriera, también fue observado por las más de mil personas que participamos de esa función en la sala mayor del Teatro Solís de Montevideo. Y la risa que surgía entre los espectadores por las peripecias del payaso no empañaban la intimidad desnuda que en el escenario ofrecía, una intimidad ilimitada cuya única frontera es el tamaño del corazón de cada uno. Por eso Ícaro no es teatro ni es performance ni es circo y mucho menos representación; es viento quizás, viento que hincha las velas del alma y te obliga a desplegar las alas que no estás acostumbrado a batir, esas que te hacen volar sobre un mundo que es el mismo para todos los seres humanos.

ÍCARO, de y dirigido por Daniele Finzi Pasca para el Teatro Sunil de Suiza. Música: María Bonzanigo. Iluminación: Marco Finzi Pasca. Intérprete: Daniele Finzi Pasca. Del 10 al 13 de febrero en el Teatro Solís de Montevideo (Uruguay).

16 de enero de 2011

Aventuras fabulosas

This is the tale of the man
Who heard a word in the night
In the land of the heathery hills,
In the days of the feud and the fight.

Robert Louis Stevenson, Ticonderoga

Hace poco más de un año tuve oportunidad de ver nuevamente Historias extraordinarias después de leer el libro que publicó Mariano Llinás en 2009, libro que incluye el guión de la película y una enorme lista de apostillas del propio Llinás en forma de nota al pie que abren el panorama de la película más allá de sus imágenes. Mucho más allá, como el horizonte recortado por el sol del ocaso hacia donde se dirigen los cowboys al final de los westerns. Porque si algo es Historias extraordinarias más que una historia, o tres (o algunas más), es un enorme palimpsesto de nuestra propia experiencia cinematográfica y de nuestra relación con los libros, y con los sueños, y con algunos deseos, y con lo que quisiéramos ser y no somos pero sin claudicar por alcanzar ese objetivo alguna vez. Claro, es una película optimista de cuatro horas de duración que se siente como si uno pudiera cantar sobre su vida un canto verdadero, como si pudiera narrar sus viajes, como si uno realmente existiera.
En Historias extraordinarias hay un hombre que llega para realizar un trabajo pero que se encierra durante mucho tiempo en un hotel de Azul porque vio un crimen que no estaba preparado para ver y mucho menos para cometer, y que encuentra su alter ego en el sujeto que la burocracia le mandó peritar y cuyos edificios convierten en irreal el centro de la provincia de Buenos Aires (el hombre en cuestión es X, el alter ego el arquitecto Salamone, constructor de bellezas y horrores); un hombre más que sigue las huellas del que vino a reemplazar en una federación avícola y descubre un león moribundo cuya muerte será apoteótica –dentro de los límites de la apoteosis en la llanura bonaerense-, que traba relación con dos mujeres que se enamoran de él y con un padre que lo impulsa a cumplir con los anhelos de otro (el hombre en cuestión es Z, y los anhelos del otro lo llevan a la ciudad de Maputo, en Mozambique); un tercer hombre encargado de fotografiar unos pequeños monolitos en la cuenca del río Salado que se topa con otro que los dinamita y que ha vivido una aventura con los Jolly Goodfellows durante la Segunda Guerra Mundial (el hombre que saca fotos es H, que además tendrá que sobrevivir a una inundación y a la prisión por la apuesta de dos tipos aburridos); y una mujer que desaparece y que deja a dos hombres, como al gato, tristes y azules. Pero la película no es solamente esto: también son las voces que nos cuentan cada historia y que les modifican la impronta a las imágenes, como si esas voces le dieran carnadura a la fantasía, como si el cine fuese la única verdad de inmanente permanencia.
Porque Historias extraordinarias, entre los tres años que han pasado desde su producción y este reestreno en la sala del Cosmos-UBA, se ha convertido en un clásico. ¿Qué es un clásico? ¿Aquella obra capaz de sembrar la iconografía, las ideas, las razones, los afanes, los empeños, los esfuerzos, el espíritu de un pueblo? Ni tanto ni tan poco, aunque un clásico, sí, es el registro de una época. Hasta el advenimiento del cine la literatura era capaz de proteger la memoria de los pueblos a través de la palabra, y luego del cine, las imágenes proyectadas quizás nos devuelvan la sensación física del pasado, o del paradigma del pasado. En el cine el tiempo siempre es presente, y después de ver una película uno puede recordar lo que pasó o recelar lo que vendrá, tal es su carnadura en nuestra experiencia cotidiana. Pero para ser clásica una película debe parecer (sería más conveniente que lo fuera) auténtica: de ahí el clasicismo de Historias extraordinarias. Historias extraordinarias es una película auténtica porque apela a la literatura y al cine sin paráfrasis, descubriendo en nosotros mismos la necesidad de creer en algo que ocurre, de ser partícipes de los hechos, de involucrarnos en una trama, de ir en busca de la felicidad. ¿O no somos felices mientras vemos una película? ¿O no es que creemos que la felicidad solo existe en las películas? Por eso estas historias extraordinarias (porque jamás ocurrirían en nuestra vida de todos los días) son un clásico de nuestro tiempo. En ellas palpita todo lo vivido antes y lo que vivimos hoy, y como son tan localmente universales son capaces de expresar un pasado de yerros y un futuro incierto. Siempre hay otra lectura posible de los episodios de Stevenson bajo un árbol de la llanura bonaerense, como expresa por ahí Mariano Llinás respecto de los fines de semana o de sus vacaciones de la infancia; a lo mejor en ese sitio (y en el lapso de la infancia) el mundo es todavía más inmenso y el tiempo una cronología fabulosa de aventuras sin edad.

HISTORIAS EXTRAORDINARIAS, escrita y dirigida por Mariano Llinás. Producida por Laura Citarella. Imágenes: Agustín Mendilaharzu. Montaje: Alejo Moguillansky y Agustín Rolandelli. Dirección de Arte: Laura Caligiuri. Sonido: Rodrigo Sánchez Mariño y Nicolás Torchinsky. Música: Gabriel Chwojnik. Intérpretes: Mariano Llinás, Walter Jakob, Agustín Mendilaharzu, Klaus Dietze, Germán de Silva, Horacio Marassi, Lola Arias, Mariana Chaud, Ana Livingston, Esteban Lamothe, Alberto Suárez. Domingos a las 18. Cine Cosmos-UBA, Corrientes 2046. 4953-5405.

31 de diciembre de 2010

Los premios de la Esquina Peligrosa

En lugar de balance tal vez sea mejor darle un premio simbólico, un simple e-mail de aliento a todos los que este año hicieron que la mirada de este cronista se volviera más aguda, más sorprendida, más esperanzada respecto del teatro y del cine que tuvo oportunidad de ver (y que en algunos casos teatrales será reseñado cuando se reestrene en el verano). Y desde ya que este cronista espera que el año 2011 sea todavía más esperanzado, sorprendente y agudo que el año que se va. ¡Gracias por leer el Blog de la Esquina Peligrosa!

Espectáculo Teatral - Drama


EL PASADO ES UN ANIMAL GROTESCO, de y dirigido por Mariano Pensotti
LAS REGLAS DE LA URBANIDAD EN LA SOCIEDAD MODERNA, de Jean-Luc Lagarce y dirigido por Rubén Szuchmacher
LOS TALENTOS, de y dirigido por Agustín Mendilaharzu y Walter Jakob

Espectáculo Teatral – Musical


AVENIDA Q, de Robert Lopez, Jeff Marx y Jeff Whitty y dirigido por Natalia del Castillo
CHICAGO, de Jeff Kander, Fred Ebb y Bob Fosse y dirigido por Gustavo Wons
LOS ÚLTIMOS CINCO AÑOS, de Jason Robert Brown y dirigido por Juan Álvarez Prado

Obra Teatral


LOS TALENTOS, de Agustín Mendilaharzu y Walter Jakob
NO SOY UN CABALLO, de Eduardo Pérez Winter (en colaboración con los actores)
LA ANTICRISTA Y LAS LANGOSTAS CONTRA LOS VÍRGENES ENCRATITAS, de Gonzalo Demaría

Dirección - Drama
RUBÉN SZUCHMACHER, por LAS REGLAS DE LA URBANIDAD EN LA SOCIEDAD MODERNA
AGUSTÍN MENDILAHARZU y WALTER JAKOB, por LOS TALENTOS
MARCELO MONCARZ, por AFTERPLAY, de Brian Friel

Dirección – Musical
NATALIA DEL CASTILLO, por AVENIDA Q
ARIEL DEL MASTRO, por DESPERTAR DE PRIMAVERA, de Steven Sater y Duncan Sheik
GONZALO DEMARÍA, por LA ANTICRISTA Y LAS LANGOSTAS CONTRA LOS VÍRGENES ENCRATITAS

Actor - Drama
MATÍAS CASTELLI, por EL ÁGUILA GUERRERA, de Alejo Piovano y Alberto Perrone y dirigido por Alejo Piovano
FRANCISCO EGIDO, por NO SOY UN CABALLO
JULIÁN LARQUIER TELLARINI, por LOS TALENTOS y LOS PROPIETARIOS, de Aldana Cal

Actriz - Drama
ESTELA MEDINA, por LAS REGLAS DE LA URBANIDAD EN LA SOCIEDAD MODERNA
VIOLETA NAÓN, por SIENTO POR ELLA
LIDIA CATALANO, por AFTERPLAY

Actor – Musical
FEDERICO SALLES, por DESPERTAR DE PRIMAVERA
MARIANO CHIESA, por AVENIDA Q
OMAR CALICCHIO, por LA ANTICRISTA Y LAS LANGOSTAS CONTRA LOS VÍRGENES ENCRATITAS

Actriz – Musical
MELANIA LENOIR, por LOS ÚLTIMOS CINCO AÑOS
BELÉN PASQUALINI, por DESPERTAR DE PRIMAVERA
SILVANA TOMÉ, por AVENIDA Q

Elenco
DESPERTAR DE PRIMAVERA
EL PASADO ES UN ANIMAL GROTESCO
EL INCIDENTE NORA, de Eduardo Narvay y dirigido por Marcelo Velázquez

Las 10 películas inolvidables del año, reseñadas en el blog


GIGANTE, de Adrián Biniez
EXCURSIONES, de Ezequiel Acuña
POLICÍA, ADJETIVO, de Corneliu Porumboiu
MORIR COMO UN HOMBRE, de Joao Pedro Rodrigues
MA FILLE, de Enrique Stavron
HADEWIJCH – ENTRE LA FE Y LA PASIÓN, de Bruno Dumont
MISS TACUAREMBÓ, de Martín Sastre
31 DE ABRIL, de Víctor Cubillos Puelma
LOS FAMOSOS Y LOS DUENDES DE LA MUERTE, de Esmir Filho
EL AMBULANTE, de Eduardo de la Serna, Lucas Marcheggiano y Adriana Yurcovich

6 de diciembre de 2010

Sobre no ser


Cuando uno es chico disfruta del campo en un tanque australiano haciendo ondas con los pies, y cuanto más rápido corra más grande se hace el remolino y uno se deja caer y tragar por el agua que lo sacude hasta que se calma, y después vuelta a empezar. Es un recuerdo cariñoso ese. Pero cuando uno crece comprende que el cariño en el campo es complicado, porque el campo no es sitio para pensar en quiénes podríamos ser. Hay mucho viento. Un viento seco como polvo que se arrastra entre los sembradíos, que agita a los caballos y los obliga a galopar como salvajes aunque sin furia, un viento tan viejo como la desolación y la amargura de la pampa, que de tan grande es puro olvido. A uno se le conforma la idea de que son las ciudades las que erigen a los hombres, no el campo; el campo nos vuelve animales aunque sigamos pareciendo humanos y aunque no estemos verdaderamente allí, aunque recordemos el cariño que sentimos por los otros, aunque no seamos más que un saco de huesos desnudos que quieren llamar la atención y tener un sitio donde descansar.
NO SOY UN CABALLO se trata de eso, de no ser, ni un caballo ni un hombre. Uno no es lo que quiere sino lo que uno puede, y a veces poder también se vuelve utópico. Qué somos cuando ni siquiera podemos pareciera ser la pregunta que se le incrusta en el rostro anguloso a Esteban desde adentro, bien profundo, cuando el mandato familiar le queda grande como la campera del abuelo. O qué seríamos si no fuéramos esto podría cuestionarse Matías cuando intenta que no se le tape el mate porque no sabe cebarlo y cuando quiere tener lo que no le corresponde. Y por qué no somos lo que queremos se diría quizás Fernando al advertir que tampoco le queda el consuelo de ser amigo de sí mismo. Pero tal vez Robustiano sepa que para ser algo allí, en el campo, habrá que taparse la cara para que no se le trasluzca a uno la memoria. Al respecto podemos señalar que NO SOY UN CABALLO es eso, justamente: una pieza sobre la memoria en el espacio vacío de algunas almas desvalidas. Y si esto es así de certero como esa afirmación, advirtamos que su metáfora es tan inasible como la verdadera poesía, esa en la que el sonido de las palabras es a la vez la vibración de la sangre.
NO SOY UN CABALLO es, en el espacio de esa hermosa casa de Silencio de Negras, una experiencia extraña por lo cercano de su sensibilidad. Todo allí queda al desnudo, la risa y la angustia, el viento que no corre y que nos agita y los caballos que no existen pero que nos cargan en su grupa a cabalgar. Es el paisaje y la oscuridad de una casa en los recuerdos, es voz que no se expresa y que no dice lo que no es necesario decir. Es un trabajo de grupo en el que el objeto teatral desaparece y su sistema no sabe de procedimientos ajenos. Es un espectáculo de una pureza conmovedora y de una rusticidad tersa y verosímil. Podríamos encontrarle el significado final y podríamos cerrarla observando su contundencia, pero eso no sería justo. Siempre hay algo que decir cuando uno descubre cosas que lo conmueven, pero una vez dichas esas cosas a lo mejor no admiten modificaciones, como esto que aquí escribo. NO SOY UN CABALLO no modificará su esencia en mi memoria, pero crece en el recuerdo como el pasto, como la mañana, como una tormenta, que siempre son las mismas cosas pero que nunca son iguales.

NO SOY UN CABALLO, dirigida por Eduardo Pérez Winter. Escrita por Eduardo Pérez Winter en colaboración con los actores. Iluminación: Adrián Grimozzi. Escenografía: Carla Balboa. Vestuario: María Sábato. Asistente de Dirección y Realización Escenográfica: Hernán Ghioni. Intérpretes: Diego Cremonesi, Walter Jakob, Francisco Egido. Sábados a las 20.45. Teatro Silencio de Negras, Luis Sáenz Peña 663, 4381-1445. ÚLTIMA FUNCIÓN TEMPORADA 2010: 11 de diciembre.

5 de noviembre de 2010

Sobre seguir el jazz

Hay una película de 1937 dirigida por Henry King, con Tyrone Power, Alice Faye y Don Ameche, llamada En el viejo Chicago, en la que un incendio arrasa la ciudad (hecho real ocurrido en 1871) y en la que Hollywood compara este incendio con las disputas entre los hermanos O’Leary, uno honesto y el otro no tanto, que se disputan justamente el control político de la ciudad y el amor de la chica de turno, a la sazón una cantante de cabaret. Lo que importa de esta película es el incendio, claro, pero más tarde notaremos que no es indistinto que la acción transcurra en Chicago y no en San Francisco, ciudad que en 1936 dio otra gran película del cine catástrofe de entonces llamada San Francisco, donde la ciudad era tragada por el terremoto de 1906. ¿Por qué no es lo mismo San Francisco que Chicago? Primero porque un incendio (y más el de una ciudad enteramente construida en madera) responde casi siempre a la negligencia humana (en este incendio se le echó la culpa a una vaca que tiró una lámpara de aceite sobre el pasto seco del establo), y segundo porque Chicago fue la ciudad más parecida a Sodoma, siempre con mala prensa pero con coloridas atracciones: corrupción política, gangsterismo, prostitución, alcohol y drogas, esas cosas que hacen de la vida un descenso divertido hacia el infierno.
Chicago, pues, era capaz de contener a predicadores mormones y a un anticuario de origen italiano llamado Al Capone, y este contenido humano de la ciudad se puede prestar al maniqueísmo de lo real y lo ficticio, el bien y el mal, el blanco y el negro, el oro y el barro, y todo ese jazz. Porque el jazz, en aquellos años en que se expandía irrefrenablemente por el mundo musical del Siglo XX, era una forma de ejecutar la música sin seguir al pie de la letra la partitura y también una forma de referirse al sexo, al acto sexual, a la improvisación del makin’ whoopee. Y es de allí que nacen los mitos, de esta improvisación constante, de este reversionar permanentemente la historia de hoy, y por eso tal vez, cuando Bob Fosse y Fred Ebb escribieron el libreto de la comedia musical que se estrenó en 1975, más que atenerse a cuestiones reales optaron por atrapar la esencia del vaudeville. El vaudeville no es lo mismo que el vodevil: el vaudeville mezcla cantantes, bailarines, comediantes, acróbatas y perritos amaestrados (entre otros personajes), sin necesidad de lógica en el espectáculo, como una sucesión de números vivos y entretenimiento en continuado. Es bastante lógico que su popularidad declinara en los años ’30, tras la gran depresión económica y la ley seca; los altos costos que demandaba hacerlo bien ni siquiera justificaba las giras provinciales. Y la gente ya tenía el cine parlante, que no sufría complicaciones durante la función; en una película nadie mata de verdad, pero en Chicago, con tal de ser estrellas, algunas chicas eran capaces de una masacre. Si no ahí las tienen a Velma Kelly y a Roxie Hart, capaces de matar a su marido y a su hermana y al mueblero de la otra cuadra, respectivamente, con tal de cantar una canción o de bailar en un escenario, o lo más importante: salir en la tapa de los diarios, ser celebridades del crimen.
CHICAGO, como dijimos, es un vaudeville, y allí encontramos su esplendor. Porque la realidad de la justicia es inversamente proporcional al sortilegio de sus números, y si Amos, el marido de Roxie, es un personaje lavado desde el argumento, se transforma en un perdedor entrañable cuando canta su canción, y lo mismo ocurre con las chicas de la cárcel y con la columnista del diario y con el mismísimo Billy Flynn, el leguleyo todopoderoso. Nada es lo mismo cuando arranca uno de esos números que tiene cada uno. Y es Mama Morton con su carcelera la que da la clave: si sos buena con mama, mama lo es con vos, porque en este vaudeville se enfrentan la verdad, la ficción y el mentime que me gusta, porque la justicia también suele ser un espectáculo. Por eso, aunque tenga personajes atractivos, CHICAGO es un musical de ensamble como los grandes espectáculos de variedades, esos en los que la orquesta siempre unifica, contiene y es el alma de todo ese jazz, y en este caso, de este jazz brillante donde relucen los vientos, las cuerdas, los tambores y los cuerpos ingrávidos en un marco de dorada alegría en blanco y negro.
Es obligatorio hablar de las protagonistas, porque es en ellas donde descansa la excelencia del conjunto. Sin una Roxie y sin una Velma sólidas, CHICAGO podría quedar como una ciudad puritana. Es por eso que se las recuerda a Nélida Lobato y Ambar La Fox y a Alejandra Radano y Sandra Guida, y se las recordará a Natalia Cociuffo y a Melania Lenoir a partir de esta versión. Porque Roxie y Velma son dos de los más grandes personajes que el musical le diera al último cuarto del Siglo XX, y en esta oportunidad Natalia Cociuffo, además de innegable talento le aporta una belleza salvaje que transforma a su Roxie en alguien por quien vale la pena morirse. En cuanto a Melania Lenoir, su Velma es una perra más del pabellón en el penal de Cook; pero como este año también sacó a pasear a muy buena parte del zoológico en Hedwig and the angry inch, Los últimos cinco años y Avenida Q, tendríamos que convenir en que Melania es un animal de teatro. Uno de esos que ya está listo para comernos en la próxima función y que uno, humildemente, ha comenzado a vislumbrar entre los monstruos sagrados.

CHICAGO, de Fred Ebb y Bob Fosse, con traducción al español de Gonzalo Demaría. Producción General: Daniel Grinbank. Director Residente: Gustavo Wons. Música: John Kander. Supervisor Musical: Rob Fisher. Director Musical: Gerardo Gardelín. Coreografía: Ann Reinking. Escenografía: John Lee Beatty. Vestuario: William Ivey Long. Iluminación: Ken Billington. Diseño de Sonido: Rick Clarke, Gastón Briski. Intérpretes: Natalia Cociuffo, Melania Lenoir, Martín Ruiz, Alejandra Perluzky, Horacio Vay, M. Rivero, Florencia Bordolini, Romina Cecchetini, Augusto Fraga, Ángel Hernández, Alejandra Ibarra, Mariana Jaccazio, Pablo Juin, Oscar Lajad, Milagros Michael, Julia Montiliengo, Mara Moyano, Carlos Pérez Banega, Esteban Provenzano, Nicolás Villalba, Florencia Viterbo. Martes a domingo a las 20.30. Teatro Lola Membrives, Corrientes 1280, 4381-0076.

1 de noviembre de 2010

Sobre hacer política (segunda parte)

Sobre el futuro de la política


Dentro de un poco más de 50 años el peronismo ya será centenario, faltará el agua, habrá luchas desde el centro hacia los barrios, tendremos que replegarnos en nuestras casas o salir a combatir, tendremos hijos y los abandonaremos y si quisiéramos tenerlos no podremos, tendremos esperanzas, estaremos alucinados. Todo eso podrá pasar por primera vez o por enésima, pero cuando nos pase será parte de nuestra cotidianeidad, y no estaremos preparados bajo ningún aspecto, y se nos crisparán los nervios y tendremos ganas de llorar.
Un apocalipsis de entrecasa es lo que propone Francisco Lumerman en EN TUS ÚLTIMAS NOCHES, pieza en la que el futuro se parece metafóricamente a cierta forma de ver el presente actual y en la que las barricadas van achicando el paisaje hasta aplastarnos la piel contra los huesos, y en la que el enorme espacio del nuevo teatro Timbre 4 amplía en resonancia y agranda su estremecimiento, estremecimiento que a veces no funciona del todo como cuando algún paso en falso de comedia lejos de descomprimir la situación la exasperan aún más. Sin embargo es esa exasperación constante lo que resulta metafórico y visceral respecto del presente que nos toca vivir, y le da a la obra la suficiente fortaleza como para que el espectador se involucre con el tema y se sienta tan extrañado como alguno de los personajes mientras mira imágenes de Perón en el exilio. El elenco acompaña la propuesta en el mismo registro, pero Rosario Varela le da a su personaje un atisbo de desesperación tan verosímil que la vuelve más vulnerable, más humana, más cercana y por eso su pobre mujer yerma deseosa de tener un hijo adquiere una dimensión trágica de recuerdo permanente.

EN TUS ÚLTIMAS NOCHES, de y dirigida por Francisco Lumerman. Iluminación: Ricardo Sica. Escenografía: Sol Soto. Intérpretes: Adriana Ferrer, Lisandro Penelas, Rosario Varela, José Escobar, Julieta Timossi, Ignacio Torres. Viernes a las 23.30. Timbre 4. México 3554. 4932-4395.

Sobre el mismo verso de siempre


Malos vientos corren en Santiago del Heztero, Harjentina, cuando a sus gobernantes comienza a doblegarlos la senilidad. La Madre Nutricia del pueblo, la Gobernadora, ya está grande para cuidar a sus súbditos, perdón, a sus conciudadanos, y el pacto con Abbadon es la salida más elegante a la crisis institucional que se avecina. Sangre nueva necesita su gobierno, no la de su esposo, el Gobernador, quien, postrado en una silla de ruedas, no sirve ni pa’ chiflar. Y sangre nueva conseguirá la Gobernadora a través de los enviados del Maligno, quienes, en la forma de langostas escapadas de la manga que azota la región, encontrarán entre los pajonales a tres hermanos encratitas que jamás han visto una mujer. Ascetas y continentes por antonomasia, los hermanos encratitas no podrán evitar sucumbir a los influjos de la Gobernadora, aunque el mayor de ellos resista y se le dibuje en el cuerpo una pasión irrefrenable. De allí al fratricidio hay un trecho bastante corto por lo que la profecía estará a punto de cumplirse: de la Gobernadora centenaria nacerá la Anticrista, y con eso la Gobernadora habrá pagado su parte del pacto. Pero siempre habrá alguien que resista, así sea la cajera de un supermercado coreano.
Ya desde su título LA ANTICRISTA Y LAS LANGOSTAS CONTRA LOS VÍRGENES ENCRATITAS supone jugar con los clichés de la Clase Z y sus orgías de sexo, violencia y sadismo. Algo así como la visión que muchos tienen de hacer política, donde el poder le otorga al poderoso la posibilidad de administrar sus propias orgías de sexo, violencia y sadismo. Pero bien dijimos más arriba: esta obra supone jugar con eso, y juega con muchas ganas. Uno, que entra al juego creyendo ser dado, se transforma en ficha con el correr de los minutos porque LA ANTICRISTA Y LAS LANGOSTAS CONTRA LOS VÍRGENES ENCRATITAS es una obra escrita en verso, una épica gauchesca desaforada, que nos lleva a descubrir casillero a casillero un mundo que ya conocemos pero al que no nos atrevimos a pensar de otra manera. Esas rimas irresistibles convierten al juego, además, en un musical acústico que fortalece la idea de fiesta constante hasta transformar la risa en aspaviento deforme. Para obtener ese resultado Gonzalo Demaría creó un tablero escénico en el tercer piso de IMPA en el que todo está entrevisto y nada develado, haciendo de esta pieza una de las experiencias teatrales más intensas de este año, experiencia de imágenes fugaces y fantasmagóricas como las que permite apreciar la luz de una vela, y de sonidos que reverberan porque la letra y la música son (¡por fin!) un mismo sonido puro. Y también consigue que sus actores jueguen el juego que les toca jugar carneándose en el asador. Si Omar Calicchio merece un párrafo aparte es porque con su Gobernadora traza un arco que une en un mismo monstruo sus creaciones de Oliver Hardy y de la criatura del doctor Frankenstein. Con esto no queremos decir que se repite, todo lo contrario, se agranda hasta hacernos pensar que es capaz de hacer (bien, muy bien) cualquier cosa. Y es a partir de su ductilidad que el discurso de la obra cobra un vuelo de alas batientes que pasa de la belleza del aleteo de un colibrí a la amenaza sanguinolenta de un murciélago. Como en la política, que es el arte de lo posible.

LA ANTICRISTA Y LAS LANGOSTAS CONTRA LOS VÍRGENES ENCRATITAS, de y dirigida por Gonzalo Demaría. Escenografía e Iluminación: Gonzalo Córdova. Música y Tiorba: Hernán Vives. Coreografía: Alejandro Ibarra. Vestuario: Sofía Di Nuncio. Preparación Vocal: Lucila Gandolfo. Intérpretes: Omar Calicchio, Daniel Campomenosi, Marco Antonio Caponi, Gerónimo Espeche, Alejandro Ibarra, Jorge Priano, Pedro Velásquez, Hernán Vives, Fanny Bianco. Lunes a las 21. IMPA/La Fábrica, Querandíes 4290.