23 de febrero de 2016
The Oscar
15 de febrero de 2016
Darse cuenta
21 de octubre de 2015
Los tontos se enamoran
SMOKEY JOE’S CAFE, concebido por Stephen Helper, Jack Viertel, and Otis Sallid sobre canciones de Jerry Leiber y Mike Stoller. Dirigido por Alejandro Guevara. Dirección musical: Daniel Landea. Coach vocal: Katie Viqueira. Coreografía: Delfina García Escudero. Escenografía: Gustavo Disarro. Vestuario: Cecilia Zuvialde. Iluminación: Juan Ignacio Monserrat. Producción: Cristian Omar Lago. Intérpretes: Belén Cabrera, Cristian Centurión, Mariano Condolucci, Emmanuel Degracia, Daniela Flombaum, Diego Jaraz, Patrissia Lorca, Sofía Val, Sebastián Ziliotto, y la Smokey Band. Jueves a las 21. Teatro La Comedia, Rodríguez Peña 1062, 4815-5665.
16 de octubre de 2015
Les formules de Polit(esse)
29 de septiembre de 2015
Dichoso el árbol que es apenas sensitivo
9 de mayo de 2015
Capitanes intrépidos
22 de octubre de 2013
IX Festival Internacional de Buenos Aires, FIBA, 2013
16 de julio de 2012
De la vida de los hombrecitos

Yo me quedé sentado en la rama, apoyando fuertemente la espalda en el tronco del abeto – no sé cómo había vuelto hasta allí. Estaba temblando. Tenía frío. De pronto se me había quitado el deseo de saltar. Me parecía ridículo. No comprendía cómo podía habérseme ocurrido una idea tan tonta: ¡suicidarme por un moco! Porque ahora acababa de ver a un hombre que estaba huyendo continuamente de la muerte.
Patrick Süskind, La historia del señor Sommer
Hace veinte años, una tarde de invierno al salir de la oficina, me encuentro en la vidriera de Fausto un libro pequeñito llamado La historia del señor Sommer. De Patrick Süskind había leído una novela muy sólida llamada El perfume y un texto muy poético titulado La paloma, por lo que entré a la librería a ver de qué trataba ese librito. Supuse que era un libro para niños y debo confesar que todavía compro libros para niños porque me gustan mucho. Lo primero que me llamó la atención fueron las seis primeras líneas, definitorias para la compra: En la época en que aún me subía a los árboles –hace mucho, mucho tiempo, muchos años y décadas: yo medía entonces poco más de un metro, calzaba zapatos del veintiocho y era tan ligero que podía volar (…); después, esas ilustraciones de Sempé que no tienen líneas definitivas. En esos tiempos me preguntaba qué tan atrás había quedado mi infancia, y por eso todo aquello que trajera la infancia al presente (aunque fuera la infancia de los otros) me resultaba necesario, por qué no imperioso. Claro, me lo llevé a casa para leer a la noche. Pero lo leí, íntegro, en el colectivo, mientras caía la tarde a medida que avanzaban las calles. Eso tienen las prosas que no son complejas: que se pueden leer rápido; pero La historia del señor Sommer, a medida que progresa su relato, se vuelve angustiante porque el narrador crece, aunque en todo su relato sea un adulto. Y sí, es uno de mis libros preferidos. Lo he leído muchas veces, y guarda en su solapa todos los boletos de colectivo que marcaron su lectura.
El narrador es un hombre cuyo occipital es un barómetro infalible. Ese narrador se trepó a los árboles y se cayó de sus ramas y observó el mundo como si volara desde la copa mullida de un árbol alto del bosque. Es que el árbol al que uno trepa siempre es el más alto y la copa la más mullida, porque el bosque es la memoria donde uno puede perderse sin tirar miguitas para recordar el camino de regreso. La infancia es ese período de la memoria cuya constante digresión es el más cálido laberinto. A veces tiene las sombras marcadas pero en la infancia el sol siempre es más brillante y los lagos más profundos y las noches más serenas y el frío tanto más acogedor. En la infancia hay amores a los que uno siempre quiso darles besos y amores que nunca nos correspondieron como hubiéramos querido que nos quieran. Y hay maestras de piano con bigotes y madres decrépitas que a pesar de su decrepitud aún nos ofrecen galletitas. Hay mocos de adulto en la infancia, mocos más terribles porque perdieron el humor. Y hay gente extraña en la infancia, gente con el motor en el antebrazo que al dar tres pasos plantan el bastón para seguir andando, gente como el señor Sommer, de quien nadie sabe nada salvo que su esposa fabrica muñecas de tela rellenas de aserrín. Por eso el narrador tiene cosas para contar, como una tormenta seguida de granizo refugiado en el auto de papá mientras el señor Sommer sigue andando como cada día, andando para que lo dejen en paz. Y el narrador también tiene cosas para callar, porque la memoria no siempre tiene palabras y siembra imágenes que algún día se sublevan.
La memoria es complicada para llevar a escena. ¿Qué constituye la escena de la memoria? En las páginas de un libro la memoria encuentra un campo fértil para su desarrollo, ¿pero en un escenario? Si el teatro es puro devenir… Por eso la mayor virtud de Guillermo Ghio como director de esta propuesta radica en que la memoria sólo puede desplegarse en un espacio a construir. Entonces, en esa habitación rodeada por tachos de pintura, nailon cobertor, escaleritas, muebles viejos, la memoria florece como en verano y las palabras reformulan el ambiente, un ambiente donde alguien va a vivir, alguien que puedo ser yo. Y entre esas paredes, detrás de esa ventana, aunque sea invierno, algo, alguien, quizás escuche nuestro silencio y comprenda que los murmullos, los rumores o la música entran en un puño. Y si los baúles tienen luz en su interior es porque a mí, a él, o a nosotros, nos relumbra la mirada cuando nos enciende un recuerdo. En esta versión del libro de Patrick Süskind no hay otro narrador posible que yo mismo. Ya les dije que este libro me acompaña desde hace veinte años e iluminó ciertos pasajes foscos de mi historia, por lo que ese chico que es un hombre, hoy, tiene que tener mi impronta. Pero yo no soy actor, o ya me olvidé de serlo, por eso que Carlos Portaluppi sea el narrador logra que su reflejo me devuelva la imagen de aquel niño que no fui y que me hubiera gustado ser. O de ese hombrecito que Portaluppi tan bien traduce cuando le brillan los ojos o se le conmueve el cuerpo, o cuando en la voz se le agita el retrato de ese tipo que se ha vuelto inolvidable y que, por la razón que fuese, quiere llegar al final de la marcha sin dejar de caminar a paso vivo.
LA HISTORIA DEL SEÑOR SOMMER, de Patrick Süskind con adaptación escénica y dirección de Guillermo Ghio. Iluminación: Adriana Antonutti y Pablo Armentano. Espacio escénico y selección musical: Guillermo Ghio. Intérprete: Carlos Portaluppi. Domingos a las 18. El Picadero, Pasaje Enrique Santos Discépolo 1857.
20 de mayo de 2012
Los éxitos del amor
it linger like the patterns
on the window after rain,
a past that lives,
if only for the present...
which is gone and will
never come again.
Again, Peter Hammill
Yo coleccioné programas de cine y los muñequitos que salían en el Jack. Los programas los guardé hasta los veintipico de años; un día los quemé junto a mis primeras cosas escritas, en una hoguerita armada en el fondo de mi casa y todo tardó muy poco tiempo en consumirse, unos diez minutos cuanto mucho. Los muñequitos del Jack (Caballero Rojo de Titanes en el Ring incluido) los fui largando desde la ventanilla del ómnibus más o menos para la misma época aunque de a uno por día, cada mañana, durante un año entero, en algún punto del recorrido del 100, allí donde alguien pudiera encontrarlos si andaba con la vista gacha. Por supuesto que hoy me arrepiento de haber hecho semejante cosa, no tanto por los muñequitos del Jack como por los programas de cine; es que esos programas (apenas una hoja mimeografiada o más tarde fotoduplicada, si en la empresa que regenteaba el cine no había plata para pagar el offset), aún con la mínima información indispensable, hoy podrían trazar una historia del entretenimiento en la vida cotidiana del suburbio durante los años ’70. Pero es un arrepentimiento documental que no le hace daño a mi existencia; si uno no tiene afanes de coleccionista es mejor dejar atrás el pasado para poder seguir el viaje.
Pero hay gente que sí tiene afanes coleccionistas. No sé por qué se me ocurre que los mejores coleccionistas son los que viven en las calles cortas, en los callejones, en ciudades más pequeñas que alguna porción de las grandes metrópolis, tal vez porque la imagen que tengo de un coleccionista se asimile a la de un taumaturgo o, más patológicamente si se quiere, a la de un anacoreta. Gente que vive próxima a los bosques o a los mares, por ejemplo, en sitios cuya belleza natural esconde secretos espirituales, de los propios coleccionistas o del colectivo de esa región. Concretamente en el año 2005 acompañé a mi amigo Walter a comprar algunos discos de Peter Hammill en una pieza de Mar del Plata, un cuartucho en una casa algo alejada del centro, aunque asomándose a la ventana la calle terminara en el mar. O sin ir más lejos, a fines del año pasado me tocó buscar para Walter también la edición uruguaya de Sargent Pepper en el bar Los Beatles de Pérez Castellano y Cerrito, ahí donde casi se acaba la Ciudad Vieja montevideana. Triste es el fondo de los ojos de un coleccionista cuando vende parte de su colección. El que me vendió Sargent Pepper, era evidente, aceptó tomar un café conmigo en ese boliche con fotos descoloridas en las paredes no porque le interesara mi charla o la transacción económica, sino porque le costaba perder para siempre aquel objeto que vaya a saber uno qué cosas le habrá hecho sentir en algún momento determinante de su vida. Aunque el coleccionismo sea la afición de ordenar, agrupar u organizar objetos de acuerdo a un cierto criterio, me parece que queda bastante clara la idea de que en ello se nos van una a una las jornadas. Esa tarde que pasamos a buscar los discos de Peter Hammill con Walter por la casa de Víctor bastó para que germinara en mí otra melancolía.
Veamos.
Peter Hammill (Ealing, West London, 1948) es un músico que inspiró más de un movimiento musical desde fines de los ’60 (comenzando por el rock sinfónico y siguiendo por el punk), solo o con el grupo Van der Graf Generator. Probablemente poco conocido, o desconocido lisa y llanamente, por el común de los oyentes hoy por hoy, Hammill estuvo varias veces en la Argentina, la primera de ellas con sendos conciertos el 5 y 6 de junio de 1992 en el desaparecido cine-teatro Alfil de Corrientes y Callao, y la última (hasta ahora) en el Auditorio de San Isidro el domingo 22 de agosto de 1999, ante no más que cincuenta espectadores. Entre sus admiradores, Hammill es dios (Dios, perdón); Víctor lo vio en Mar del Plata el 21 de agosto de 1999 y confiesa que jamás vivirá algo similar a verlo a Hammill cantar, a capella, sin micrófono, a proscenio, con las luces de la Sala Payró del Complejo Auditorium a pleno, dándole la pitada final a un pucho, el público en un puño, esa entristecida versión de Again, una canción de amor de su disco In camera editado en 1974. Por eso se niega a venderle a Meteorito los discos importados de Hammill; no porque no necesite la plata (por entonces Victor se aprestaba a comenzar con Horacio, su amigo de siempre, un negocio de souvenirs para turistas), sino porque se quedaría sin poder acariciar el pasado cuando se le antojara estar triste. Meteorito jamás podría comprender a sus veintitrés años lo que significa para un disco haber cruzado el océano para quedarse junto al mar. Nos enteramos que Meteorito se llama Julián en realidad, y que de repente le agarró la loca de querer comprar elepés de vinilo vía internet (como a Walter, Waltz_big_chance en Mercado Abierto). ¿Qué pueden tener esos discos para ese chiquilín? ¿Qué atardeceres lluviosos podrá pasar con ellos pretendiendo estudiar Merceología? En Walter, Víctor puede comprender el interés: son más o menos contemporáneos en edad, ambos fanáticos de Hammill, y Walter, en buena medida, vive de la compra y de la venta de colecciones de discos. Pero en Meteorito, ¿qué nostalgia podría despertarle The silent corner and the empty stage, o The future now, o el mismísimo Nadir’s big chance? ¿Querrá ganarse una minita con la edición nacional de And close as this? Imposible. Hammill no sirve para levantarse minas, excepto que sean parte del universo hammillero, lo cual es totalmente improbable. Y lo peor de todo es que Julián le regateó el precio. Ahí empezó la cosa. Lo trató muy duro Víctor a Julián, le dijo que venía a romperle las pelotas, no a comprarle discos. Lo dijo delante de Walter y de mí, y de Horacio, que recién llegaba y le reprochó, una vez que el pibe salió a la calle aturullado, que no le vendió los discos no por el regateo sino porque se aferraba a lo que tendría que estar despejando (los discos, claro). Y así era: en esa discusión sin destino, Víctor se aferraba al sobre de Ph7, mientras seguían sonando de muestra sus tracks y justo, en el silencio incómodo que le sirve de soporte a las reflexiones, sonaba Time for a change. La pieza estaba a punto de transformarse en oficina.
El coleccionismo es otra forma de melancolía. Sí, más ligada a lo material, por supuesto. En el coleccionismo se ponen en juego factores económicos, a lo mejor variables de poder, pero a quién puede importarle semejante cosa si una estampilla despierta irreflexivamente la memoria de los otros, hace nacer en nuestros corazones la ficción de las vidas vividas por los desconocidos en épocas pretéritas. Claro, es un material más propio del teatro que del cine el coleccionismo: mientras que el cine es en sí mismo un objeto de colección (el cine no existe sin el soporte), el teatro se relaciona exacta, insobornablemente, con la mundología de los espectadores. Y la colección puede quizás no estar allí pero sí la palabra, sí los actores, sí los instantes. Mientras le contábamos a Agustín la situación de los discos, Agustín ensamblaba un mueble que recién había comprado en el Easy. Leía con atención el manual de instrucciones y parecía que no participaba del relato, pero de repente dijo “A mí Hammill me respondió una carta”. Agustín le escribió muchas, muchas, pero muchas veces a Hammill, y Hammill le respondió una de esas cartas. No necesitó agregar nada más. Agustín conserva esa carta como si fuera de oro. Esa carta es imperecedera. A cierta edad uno no toma conciencia que vive su época de gloria; con los años uno aprende a mirar atrás, y sin demasiado esfuerzo se da cuenta que en la memoria es donde nace el amor. Difícil de explicar quizás; tal vez baste revivirlo a partir de los recuerdos, reales o fantásticos, para aprender que el éxito es nada más que un repertorio de sensaciones y de sentimientos.

LA EDAD DE ORO, escrita y dirigida por Walter Jakob y Agustín Mendilaharzu. Escenografía: Magalí Acha. Iluminación: Andrés Grimozzi y Eduardo Pérez Winter. Ilustraciones. Ignacio Masllorens. Asistencia de Dirección: Gabriel Zayat. Intérpretes: Ezequiel Rodríguez, Pablo Sigal, Alberto Ajaka y Denise Groesman. Viernes a las 23.30. El Extranjero, Valentín Gómez 3378. 4862-7400.




























